Hacemos todo mal. Lo sabemos e igual hacemos todo mal. Nos levantamos corriendo y corriendo nos tomamos unos mates, un café, como mucho un yogurt, y así salimos a pelearle al mundo. Y los que lo hacemos todavía peor salimos directamente en ayunas. Ya desayuno algo cuando llego al laburo.

Las estadísticas a veces no dicen nada (el famoso ejemplo de las dos personas y los dos pollos), pero otras veces dicen mucho. Japón es el país con mayor cantidad de centenarios (casi 65.700 personas, según los últimos datos oficiales). Y todos los japoneses que van renovando el récord Guinness de más viejo del planeta responden lo mismo cuando les preguntan su fórmula mágica: la dieta. Arroz, pescado. Sí, la base del sushi. Pero no sólo eso.

Pescado y arroz hay en esta bandeja humeante que tengo delante de mí un martes a las ocho de la mañana en el restaurante del hotel Emperador en Recoleta. A mi alrededor, el desayuno buffet desborda de todas las cosas ricas que hay en los desayunos de los hoteles cinco estrellas: huevos revueltos, facturas recién horneadas, panes, mermeladas, distintos tipos de lácteos. Pero no miro nada. Mi tentación cuando voy de viaje es probar las cosas raras que ofrecen los desayunos. Hasta ahora el récord de rareza lo tenían los chilaquiles picantes a los que me animé una mañana en Guadalajara, México. Ahora vamos por más.

 

El viaje a Tokio se concreta a metros de la 9 de Julio. El Emperador es el único hotel de Buenos Aires que desde 2003 ofrece ininterrumpidamente el desayuno típico que se sirve en Japón.

Andrea Maetow, directora de Marketing y Relaciones Institucionales del hotel, cuenta que todo empezó entonces cuando se postularon a una licitación para recibir como huéspedes a los ejecutivos de una gran empresa japonesa que estaba estableciendo su planta en el país. Los japoneses pidieron que en el desayuno sirvieran sopa de miso y arroz, “algo así como su equivalente a nuestro café con leche y medialunas”, explica Andrea.

En el hotel subieron la apuesta y les propusieron la bandeja que hoy me trajeron a mí, además de otros servicios en las habitaciones que los japoneses valoran mucho, como las pantuflas y las batas. “Cuando entran a su casa se quitan los zapatos, pero no les gusta caminar con los pies sobre el suelo, por eso las pantuflas. También usan una especie de kimono finito, pero eso fue imposible incorporarlo y lo reemplazamos por las batas”, cuenta Maetow. Ganaron la licitación, claro. Y el mayor orgullo, ostenta la ejecutiva, es que el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, los eligió para hospedarse en su visita de noviembre a la Argentina.

Maetow muestra la vajilla, de porcelana marrón, que mandaron a hacer especialmente, al igual que la que se usa en Japón. Antes de comenzar, describe lo que hay en la bandeja y me hace notar que los platillos de comida son impares. Alguna vez leí que los japoneses tienen predilección por los números impares porque marcan la continuación, pero Andrea me lo relativiza: explica que los objetos pares tienen que ver con los rituales, en especial los asociados a los ancestros, y que los impares se relacionan con lo cotidiano. Y nada más cotidiano que el desayuno.

Para los japoneses, es la comida más importante del día y lo preparan con vegetales, proteínas e hidratos, todos los nutrientes que necesitan para sus largas e intensas jornadas laborales, y a la vez todos alimentos que son muy bajos en grasas y de fácil digestión. “Al mediodía comen algo muy ligero, en cantidad y porque lo comen rápido. Un plato de arroz con algunas algas, por ejemplo”, añade la ejecutiva.

Primero que nada, colocamos el saquito de té verde en la tetera —es de Yamatomoyama, una marca muy popular en Japón que hacen traer especialmente— y, mientras esperamos que se infusione, partimos los palillos de madera, destapamos el cuenco que cubre la sopa, y la revolvemos. Es un caldo denso, de color marrón, tono que le da el miso, que no es otra cosa que porotos fermentados. Tiene hongos fileteados, algas, verdeo y cubitos de tofu, pero por suerte se desintegró porque no me gusta el queso de soja. La sopa, sí, se consume con palitos (como todo): primero se comen los sólidos y luego se bebe el líquido “de a sorbos pequeños”, apunta Andrea, quien también me corrige porque la revuelvo mucho: “Sólo una vez, al principio”. El sabor de la sopa es muy intenso, ahumado. Puede invadir fácilmente al paladar porteño. Más amigable para nosotros es el omelette, que requiere una técnica complejísima. Se hace en una sartén cuadrada, y se va enrollando hasta que queda como eso, como un arrolladito de huevo, bastante dulce, con trocitos de espinaca. Es muy rico.

Quizás lo que más llama la atención es la pequeña bandeja rectangular que está en el centro, que contiene dos trozos de salmón grillado. Se puede comer con o sin piel, con jugo de limón o con salsa de soja para sazonarlo. Ni pienso en la polémica por el salmón de criadero y pruebo las dos versiones, ambas deliciosas. Es lo que me resulta más raro comer, lo que uno más asocia a otra comida del día, al almuerzo o a la cena. Pero la verdad es que me encanta. Voy comiendo los pequeños trocitos con el arroz blanco, que Andy recomienda para nivelar todos los sabores. El arroz “baja” la intensidad del salmón, de la sopa, de la ensaladita de verduras (que en realidad es un salteado de vegetales) y en especial de los pickles. Hay de nabo y de pepino, bastante equilibrados en la acidez, pero el de umeboshi no lo puedo comer. Los primeros los preparan en el hotel, este último, que es de algo parecido a un ciruela, lo traen de Oriente y es tan avinagrado que ni siquiera el arroz funciona.

 

Este desayuno lo consumen casi exclusivamente los huéspedes japoneses, todos hombres de negocios muy acostumbrados a viajar. Cuenta Andrea que sólo una vez tuvo dos clientes argentinos: una pareja, que había vivido en Tokio y allí habían adoptado un estilo de vida saludable, se enteró de que lo ofrecían y llamó para disfrutarlo un domingo.

Maetow invita a probar las frutas para cerrar la experiencia. Estas son bien locales: ciruela, naranja, trocitos de ananá dispuestos primorosamente. Refrescan el paladar. Me vuelven a traer a los sabores conocidos. Testearé en las horas siguientes si el shock energético me dura, como a los japoneses, para casi toda la jornada. Terminé en el buffet de la redacción a las 14.15. Un rendimiento bastante aceptable.